Hay un hospital para los enfermos,
Tres capillas para rezar,
Dos perros cruzando el puente
Hay un planetario abierto
En la cima del pueblo
Donde el cóndor
Desarma las nubes
Hay un cementerio de colores
Desde allí también se ven
Las cosechas de estación
Hay un beso en el rincón de siempre
Y su cómplice timidez.
Al costado del puente,
La lluvia moja la cancha
Y un partido infinito.
En Iruya, el tiempo vive en perpetua calma de sí mismo.
El tiempo es una ausencia y el vuelo de un pájaro a la vez,
Que conoce la gota de San isidro,
Que sabe de su noche y sueño
y con toda la fuerza del río,
La montaña abre su fuente.